jueves, 1 de octubre de 2026

Turquía extiende su sombra sobre el Mediterráneo: por qué Israel vigila cada movimiento de Ankara



El memorando turco-libio de 2019 y la creciente huella militar turca en el norte de África ya no son una disputa greco-turca: son un problema de seguridad nacional israelí. En diciembre de 2025, el parlamento turco renovó hasta 2028 su despliegue militar en Libia. 

La pieza clave sigue siendo el memorando de delimitación marítima de 2019 entre Erdoğan y el Gobierno de Acuerdo Nacional libio, que traza una frontera imaginaria entre ambas costas ignorando Creta, Rodas y el resto del archipiélago griego. Resultado: una franja que divide el Mediterráneo oriental en dos y sitúa a Turquía en posición de controlar su tráfico. A cambio de respaldo militar, Ankara obtuvo puertos, espacio aéreo y derechos de prospección energética en Libia.

 Según evaluaciones israelíes, eso se traduce en capacidad de proyectar fuerza lejos de sus fronteras y de interferir en la navegación ajena. Casi la totalidad de las importaciones israelíes —el 98%— entra por vía marítima. Quien pueda alterar la libertad de navegación en el Mediterráneo oriental tiene una palanca sobre la economía israelí. Por eso tres aparatos —Aman, Mossad e inteligencia naval— siguen en tiempo real el "corredor libio". 
Fuentes del Jerusalem Post citan a altos cargos que describen los movimientos turcos como un intento de "restringir y aislar a Israel". El relato clásico dice que el acuerdo busca bloquear el gasoducto Israel-Chipre-Grecia-Europa. Pero el EastMed está efectivamente muerto: 1.900 km, profundidades de 3.000 m y más de 6.000 millones de euros lo hacían inviable incluso antes de que Washington retirara su apoyo en 2022. Israel ha pivotado a rutas pragmáticas: exporta gas a Egipto —unos 35.000 millones de dólares— y usa su capacidad de licuefacción para llegar a Europa; Chipre hace lo propio con Cronos y Aphrodite. Aun sin EastMed, la amenaza persiste: Ankara sostiene que cualquier proyecto que cruce su jurisdicción requiere su visto bueno, y el corredor turco-libio también pone en riesgo cables submarinos de telecomunicaciones e interconexiones eléctricas. 


Dos elementos amplían el perímetro de preocupación. Primero, la influencia turca ya no se limita a Trípoli: Turquía ha desplegado drones Bayraktar Akıncı en Al-Khadim, en el este libio, tejiendo presencia también en la órbita de Haftar. Segundo, el vínculo con Hamás es tangible: informes de 2026 revelan que operativos del grupo se entrenan en clubes de tiro turcos y obtienen licencias oficiales de pilotaje de drones, con vistas a desplegarse en Líbano, Jordania y Cisjordania. A ello se suma Marwan al-Ashqar, enviado de Hamás a Libia, que montó una red de contrabando de misiles hacia Gaza vía intermediarios en Turquía y Catar. 
El memorando nació como un pulso greco-turco por fronteras marítimas. Siete años después es un instrumento mediante el cual Turquía proyecta poder donde Israel tiene intereses vitales. Jerusalén no espera una confrontación directa, pero se prepara para un escenario en el que Ankara pueda dificultar el tránsito marítimo, condicionar proyectos energéticos o servir de plataforma logística a actores hostiles. En ese escenario, el Mediterráneo oriental deja de ser un espacio compartido para convertirse en un tablero disputado. 
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