lunes, 30 de diciembre de 2013

AK-47: una verdadera arma de destrucción masiva

REUTERS



Mijaíl Timoféyevich Kalashnikov -personaje ideal de la propaganda proletaria fallecido esta semana a los 94 años- presumía de no sufrir insomnio. Y aunque llegó a reconocer que le hubiera gustado dedicarse a algo más inocuo, como por ejemplo construir maquinaria agrícola, siempre estuvo orgulloso de la creación que lleva su nombre «Avtomat Kalashnikova 1947», más conocido como AK-47. Un fusil de asalto sin el que no se puede explicar la historia moderna de la violencia armada.

Entre la ingente cantidad de armas de fuego repartidas por todo el mundo, se estima que cerca de cien millones son originales, variaciones y copias baratas del AK-47. En esa cantidad, se encuentra su sangrienta relevancia. De hecho, a esta máquina para matar tan ubicua, se le atribuyen en los últimos sesenta años muchas más víctimas que las causadas por las bombas atómicas utilizadas contra Japón y otros sistemas de armas mucho más sofisticados.

La génesis de este fusil de asalto se remonta al final de la Segunda Guerra Mundial y la idea alemana de crear munición a medio camino entre la utilizada por pistolas y por los rifles tradicionales. A partir de múltiples influencias y aportaciones, el diseño atribuido por la Unión Soviética a Mijjaíl Kaláshnikov empezó a ser producido en masa a partir de 1947, como indican sus iniciales. Dos años después se convertiría en el arma larga reglamentaria para el Ejército Rojo.

Claramente distinguible por su cargador curvo con capacidad para 30 balas, el AK-47 es un alarde de simplicidad, efectividad, portabilidad y resistencia. Incorpora el menor número posible de partes móviles por lo que es muy raro que se encasquille, resiste temperaturas extremas y no tiene problemas a la hora de operar en ambientes hostiles. Y además ofrece una demostrada longevidad ya que modelos fabricados hace cincuenta años todavía siguen funcionando en lugares como Pakistán.
600 balas por minuto

Con unos 4 kilos de peso, mínimo mantenimiento y capacidad para disparar de forma automática y semi-automática, los rudimentos de su manejo se aprenden en cuestión casi de segundos. Además, su calibre intermedio otorga más capacidad de combate a sus usuarios ya que permite acarrear una mayor cantidad de munición. Sin embargo, en el contexto de la Guerra Fría, el AK-47 fue al principio denostado como un arma irrelevante de limitado alcance, exactitud y potencia.

Ese desprecio estratégico, pese a la capacidad del AK-47 para disparar 600 balas por minuto, se esfumaría en la guerra de Vietnam al enfrentarse directamente con el nuevo rifle M-16 del Pentágono. Mientras los soldados americanos veían como sus flamantes fusiles de asalto presentaban graves problemas de corrosión y funcionamiento, el Vietcong y las fuerzas de Vietnam del Norte disfrutaban de una significativa ventaja con sus kalashnikovs.

Con el fin de estandarizar armas de infantería entre sus aliados, la Unión Soviética empezó a compartir las especificaciones gradualmente mejoradas del AK-47 y exportar su barata producción a países como China, Egipto, Corea del Norte, Yugoslavia y los miembros del Pacto Varsovia. Esta tecnología llegaría incluso hasta lugares como Irak y terminaría siendo incorporado a fusiles de asalto producidos por otras naciones como Finlandia, Israel, la India o Sudáfrica.

El colapso del comunismo sirvió para globalizar y saturar el mercado con estas armas, convirtiendo el AK-47 en el modelo favorito para criminales, insurgentes, terroristas y niños-soldado. Su silueta aparece en la enseña nacional de Mozambique, así como en la bandera amarilla y verde de Hizbolá. Castro regaló uno al presidente Allende con la dedicatoria: «A Salvador, de un camarada de armas, Fidel». Según ha confirmado una reciente autopsia, el depuesto líder chileno utilizaría uno de esos fusiles para suicidarse cuando las tropas del general Pinochet asaltaron el Palacio de La Moneda.

Convertido en una especie de icono revolucionario, Osama Bin Laden siempre aparecía en sus videos con un kalashnikov de tamaño reducido, como los que llevaban las dotaciones de helicópteros soviéticos. De hecho, en el museo secreto del cuartel general de la CIA en Virginia se encuentra expuesto el AK-47 con el que dormía el líder terrorista hasta recibir la visita de los Navy SEALs. Aunque en el colmo de las ironías, entre los mayores compradores de kalashnikovs en el mundo figura precisamente los servicios de inteligencia de Estados Unidos para su redistribución poco escrupulosa en lugares como Afganistán.


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