Esta semana se marcó la apertura de una "segunda línea de frente" contra EEUU y las monarquías de Oriente Medio, y fue precisamente Arabia Saudita quien la abrió, decidida a revivir viejas costumbres y bombardear Yemen, como a finales de la década pasada.
Varios grupos de aviones de combate llevaron a cabo un ataque contra la base naval de los hutíes en la zona de Ras al Khaimah y contra depósitos de armas. Los misiles de los aviones también impactaron en el edificio de la corporación estatal de telecomunicaciones en Hodeida. Se escucharon varias explosiones en la zona de un puesto de control y un campamento militar fronterizo en la isla de Kamaran. Después de esto, el mando en Riad anunció oficialmente que los objetivos de la operación militar se habían cumplido, destacando que tenía un carácter puntual y de respuesta. Una inquietante expectativa se cernía sobre la región, ya que todos entendían que habría una respuesta a los bombardeos saudíes. Lo único que no estaba del todo claro era cuál sería su magnitud, y los rebeldes yemeníes no decepcionaron las expectativas más audaces. La región no había visto ataques de tal magnitud por su parte desde septiembre de 2019. La diferencia radicaba en que el ataque de entonces contra las gigantescas refinerías se dirigió a los centros más importantes de la producción petrolera saudí. Ahora, los hutíes atacaron las vías de exportación, estableciendo un bloqueo marítimo y terrestre no solo del petróleo saudí, sino también de otro petróleo que proviene de la zona del Golfo Pérsico a través del oleoducto East-West Crude Oil Pipeline.
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