jueves, 21 de agosto de 2014

Lecciones para hoy de la Gran Guerra


Retrato gigantesco de Putin en la exposición titulada 'Líderes' del artista ruso Konstantin Altunin. AFP

FELIPE SAHAGÚN


La principal lección de la historia, solía decir el gran historiador británico A. J. P. Taylor, es que no nos enseña nada. Tal vez porque los humanos, a diferencia de casi todos los animales, que rara vez tropiezan en la misma piedra, nunca aprenden de ella.



Si cada guerra ofrece lecciones que deberían servir para evitar nuevas guerras,las de la Gran Guerra son tantas, tan diversas y tan contradictoriasque, filtradas por cada generación según sus reglas, valores y experiencias, acaban confundiéndose en una especie de magma sobre el que se asienta la Historia con mayúsculas.

La polemología (ciencia política que estudia las guerras) ofrece fórmulas o ecuaciones para calcular las posibilidades de confrontación bélica a partir de variables materiales, como el armamento y los recursos, e inmateriales, como los sentimientos, las ideologías, las motivaciones y, sobre todo, la voluntad de los dirigentes de turno de utilizar los medios a su disposición con unos u otros fines.

En su expresión más simple, por muchas y muy graves que sean las diferencias entre gobiernos y pueblos, dos factores se imponen casi siempre a los demás como causas determinantes de los conflictos: el factor humano (el liderazgo) y el factor X: los imprevistos o chispas (cisnes negros se llaman hoy) que, en cada gran crisis, acaban prendiendo la mecha del polvorín. En 1914 fue el asesinato del archiduque Fernando, heredero de la corona austro-húngara, en Sarajevo. En las guerras principales de lo que llevamos de siglo, los atentados del 11-S.

La Primera Guerra Mundial o Gran Guerra fue resultado, según la historiadoraMargaret MacMillan, de la militarización, la planificación militar, las rivalidades económicas, el imperialismo, la competencia colonial, las guerras comerciales y los sistemas de alianzas que dividieron a Europa en los dos últimos decenios del siglo XX, tras la primera unificación alemana, en dos bandos hostiles ('1914, de la paz a la guerra', p. 24).
El miedo al otro

Mucho más importantes, en casi todos los enfrentamientos bélicos, que las causas materiales son las inmateriales. En el caso de la Gran Guerra, fueron decisivos los nacionalismos violentos, el miedo al otro, la revolución (económica, social, industrial, tecnológica, demográfica, comercial…) alumbrada en los últimos decenios del siglo XIX, el terrorismo, el anarquismo, la utopía, la pérdida del sentido del riesgo tras medio siglo de paz, el honor y el prestigio a cualquier precio, el revanchismo por la humillación en guerras anteriores, la desconfianza, la imprudencia, la complacencia, la ignorancia e ideas o corrientes intelectuales, como el darwinismo social y el marxismo, que (por causas naturales o económicas)daban por inevitable la confrontación y la victoria del más fuerte. Lo cual condujo a los estados mayores de las grandes potencias de la época a la trágica y conclusión de que, si la guerra era inevitable y —otro grave error— barata y de corta duración, era preferible atacar primero.

La verdad histórica, siempre relativa y contingente (como la periodística), se complica porque cada variable afecta a cada beligerante y neutral de forma distinta: el miedo y el prestigio a las superpotencias en declive (entonces Francia e Inglaterra), la ambición a las potencias emergentes (entonces Japón y Alemania), la venganza a quienes habían sufrido derrotas y buscaban el desquite (Rusia y Francia), el honor y la supervivencia a los imperios más debilitados (el otomano y el austro-húngaro).

«En cada nación», advierte MacMillan, «existían presiones internas: un creciente movimiento obrero, por ejemplo, o fuerzas expresamente revolucionarias; demandas a favor del voto femenino y de la independencia de países sometidos; o la lucha de clases, de creyentes y anticlericales, de militares y civiles».

La conclusión principal de la historiadora anglocanadiense es que, en el juicio final, los factores decisivos no fueron «las ideas, los prejuicios, las instituciones y los conflictos», sino los individuos —al fin y al cabo no tantos— a los que correspondía decir «sí, adelante, desatemos la guerra», o bien, «no, detengámonos».
Líderes de poca monta

Y añade: «La tragedia de Europa y del mundo, vista desde hoy, estuvo en que ninguno de los actores clave de 1914 fue un líder con la suficiente grandeza e imaginación ni con el suficiente coraje para oponerse a las presiones que empujaban a la guerra».

En un debate en la Institución Brookings de Washington el pasado 7 de noviembre, MacMillan lo resumía en términos más simples: «Al final nos encontramos con un puñado de dirigentes que en julio y primeros de agosto de 1914 tenían que decir sí o no y, desgraciadamente, demostraron no estar a la altura del desafío».

El historiador militar estadounidense Victor Davis Hanson rechaza la generalización de responsabilidades y, como muchos otros, apunta, como cruz del desastre, a las percepciones de los dirigentes alemanes, convencidos en el verano de 1914 de que «podían invadir la neutral Bélgica, declarar la guerra a Francia e involucrar a Inglaterra y a Rusia (con el tiempo también a EEUU)» y salir victoriosos gracias al 'Plan Schlieffen', el fantasioso proyecto de 1905 del jefe del Estado Mayor alemán para hacerse con el control de toda Europa. Con ligeros retoques, la guerra del 14 se ajustó bastante a aquel plan.

La transición de un sistema internacional a otro es siempre el más peligroso.El péndulo de la historia en esos momentos, decía Edward Carr, se acelera y aumenta el riesgo de confrontación entre las potencias que se resisten a perder su influencia o hegemonía, como era el caso de Gran Bretaña hace un siglo, y las emergentes que exigen un sitio en la cima del poder: la Alemania post Bismark.
China, Rusia y un nuevo orden mundial

Muchos ven paralelismos en la tensión creciente entre la nueva China y los EEUU de hoy, entre la Europa menguante del siglo XXI y las nuevas potencias emergentes o que luchan, como Rusia, por recuperar la influencia perdida en los últimos 20 años.

En la humillación y el deseo de revancha de Rusia por la derrota de 1908 y de Francia por la derrota de 1871 frente a Alemania han visto muchos estudiosos otra lección que Occidente no parece haber aprendido tras la implosión de la URSS. En vez de respeto y neutralidad, la nueva Rusia siente las ampliaciones sucesivas de la UE y de la OTAN hacia el este como una amenaza, un acoso y un incumplimiento de los compromisos, explícitos o implícitos, que hicieron del bienio 1989-1991 uno de los finales de sistema, el de la Guerra Fría, menos violentos de la Historia.

El pasado 16 de abril, en el Parlamento Europeo, el presidente saliente de la Comisión Europea, José Manuel Durâo Barroso, destacaba dos lecciones principales para los europeos de la Gran Guerra, que él y muchos más consideran «la primera gran guerra civil europea»:

1.—«El nacionalismo fue una de las causas principales de aquella contienda fratricida y la UE hoy ofrece, precisamente, los medios para evitar la lógica perversa del nacionalismo preservando y reforzando las identidades nacionales». En otras palabras,más Europa y menos nacionalismo nos alejará de nuevas guerras.

2.—La Gran Guerra puso en evidencia la necesidad de mecanismos diplomáticos adecuados para impulsar el respeto del derecho internacional y del estado de derecho. Hasta después de la Segunda Guerra Mundial no se establecieron esos mecanismos: instituciones fuertes, independientes, capaces de garantizar la paz y la seguridad de los europeos. En la era de la globalización Europa necesita más que nunca reforzar esas instituciones.

Lo que las potencias vencedoras hicieron con el Sarre, Alsacia y Lorena en los tratados de París no es muy diferente, visto desde el Kremlin, de lo que la UE y la OTAN han pretendido hacer con Crimea, la principal base naval rusa, y el este de Ucrania en la posguerra fría.

La dinámica de lo que está sucediendo en Ucrania desde enero —movilizaciones secretas, ataques de los que nadie se responsabiliza, alianzas sin objetivos ni compromisos claros, una batalla soterrada por atraer a los neutrales, intensa propaganda, militarización de fronteras, provocaciones diarias…—, que a algunos les ha recordado los meses previos a la guerra de Bosnia, tiene un enorme parecido con los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, pero en el espejo cada uno ve lo que quiere.

http://www.elmundo.es/especiales/primera-guerra-mundial/mirada-hoy/lecciones-de-la-gran-guerra.html

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