Según revela NBC, Estados Unidos está redefiniendo su doctrina nuclear para enfrentar un escenario de guerra regional simultánea contra China y Rusia, algo que hasta ahora no se contemplaba. Este cambio responde al fin de los tratados bilaterales de control de armas y al aumento de los arsenales de Pekín y Moscú. El nuevo enfoque, denominado internamente como el “problema de los tres cuerpos”, implica que la planificación militar ya no asume un único adversario, sino que prepara respuestas diferenciadas para cada potencia.
Para ello, Washington acelera el desarrollo de armas de baja potencia pero alto rendimiento, como la bomba B61-13, que multiplica por 24 la energía liberada en Hiroshima, y el programa NDS-A, destinado a penetrar búnkeres y centros de mando subterráneos. Paralelamente, la administración estadounidense ha anunciado que reanudará pruebas nucleares en condiciones de paridad con Rusia y China, justificándose en la expiración del Nuevo START. Esta decisión rompe con décadas de moratoria y abre la puerta a una nueva carrera armamentística. En el plano operativo, la modernización de la tríada nuclear es total: se sustituyen los misiles Minuteman III por los nuevos Sentinel, se construyen submarinos clase Columbia y se incorporan bombarderos furtivos B-21 Raider. El objetivo es tener capacidad de respuesta flexible, desde ataques tácticos hasta disuasión masiva. El mayor dilema estratégico surge ante un posible uso de armas nucleares tácticas por parte de Rusia o China en un conflicto regional, como Ucrania o Taiwán.
En ese caso, el Pentágono considera que responder con misiles ICBM sería una escalada inmediata a guerra total, por lo que la opción más viable serían bombarderos furtivos B-2 o B-21 con bombas de gravedad. Sin embargo, esta decisión obligaría a desviar estos aviones de misiones convencionales, dejando sin cobertura aérea a las fuerzas terrestres durante días, lo que comprometería gravemente cualquier campaña militar en curso.
En resumen, la nueva estrategia supone un giro histórico que incrementa la tensión global, reduce los márgenes de error y coloca a Europa y Asia en una posición de mayor vulnerabilidad ante cualquier chispa en sus fronteras.
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