viernes, 8 de mayo de 2020

Tras la estela mágica del Crucero Belgrano

Una historia real, que parece fantasiosa. Una mirada poética sobre el fin del Crucero General Belgrano y la vida de 323 chicos inocentes.




El día 13 de abril el Capitán de Aprovisionamiento del Crucero ARA Gral. Belgrano llamó al soldado Ibáñez y le dio una lista de insumos que el soldado debía comprar en la proveeduría de la base. Junto con la lista, el Capitán puso arriba de la mesa una bolsa con $ 13.485.279.

«Soldado: compre todo lo que está en la lista. Ahí figura el precio por unidad. Usted ponga las cantidades, pero tiene que gastar hasta el último peso. ¿Está claro? Si vuelve con plata, lo hago arrestar. Si no gastamos todo lo que nos dan, después esas ratas de oficina nos van a dar menos plata. ¿Entendió?

El conscripto Ibáñez puso la plata y la lista en un maletín, se cuadró frente al capitán y salió del barco pensando en su novia que había quedado en Buenos Aires. Como era el mediodía y la proveeduría abría recién a las tres de la tarde, el conscripto se sentó encima de un rollo de cables, sacó la lista, una birome, un pan duro que tenía en el bolsillo y, mientras lo roía, comenzó a anotar las cantidades.

«Duraznos en almíbar -levantó los ojos y se le iluminó la cara- me encantan» dijo en voz baja y pensó que 500.000 pesos iban a estar bien. «Dulce de batata, también me gusta, otros 500.000. Papas, el puré zafa, pero hay que pelarlas y es un laburazo, con 20.000 va a estar bien.» Cuando terminó la lista de los comestibles pasó a la de los artículos de limpieza. El primer ítem decía: jabón de tocador. «Desde que «El polaco» Ilinsik me robó el mío, me estoy bañando con crema de afeitar, así que mejor compro muchos, así tengo seguro… Somos 1100 soldados; con 10 jabones para cada uno va a estar bien. Darían unas 11.000 unidades y acá dice que la unidad vale 80 pesitos, así que le voy a dar -y después de garabatear un rato el borde del papel, anotó formalmente $880.000-… perfecto.» Sumó todo los gastos y todavía le quedaban 25.279 pesos para gastar, que los agregó a la lista de jabones.
«Con la conciencia limpia del deber cumplido» dicen los militares

«¿Cómo le fue soldado? ¿Pudo comprar todo? Ibáñez se cuadró con un ruidoso golpe de tacos, sacó pecho y contestó orgulloso: «Sí Capitán, compré toda el pedido. Lo entregan mañana antes del mediodía y lo más importante es que no sobró nada de plata. «Muy bien, soldado, vaya nomás, y pida doble ración, se la tiene merecida.»

Al otro día, a media mañana, tres camiones de la proveeduría se estacionaron en el muelle, cerca de la rampa del Crucero. Uno traía los alimentos, los otros dos estaban llenos hasta el techo de cajones con jabón de tocador. El chofer se acercó hasta el conscripto Ibáñez que no salía de su asombro y le preguntó. «Che, ¿para qué quieren tanto jabón, o es que a los ingleses los piensan matar con espuma?

«Tiene que haber un error, yo pedí -y levantó la lista como si fuera un sable- 11.000 unidades, acá está anotado, ¿ves?»… «No me muestres que los cargué yo… y sí, son 11.000 cajones… una unidad, un cajón… un cajón, 200 jabones.»

No solo la despensa se llenó de cajones. También el pañol de herramientas, la sala de máquinas, entre las cuchetas, en las torretas, en la sala de torpedos, en la sentina, hasta en el comedor de oficiales.

La mañana del 16 de abril, cuando el Crucero General Belgrano zarpó hacia la zona de conflicto, todo el muelle olía a Heno de Pravia.

Uno de los pilotos de los aviones Hércules C130 que en la tarde del 2 de mayo participaron en el rescate de los supervivientes del Crucero Belgrano, declaró que en cada vuelo para encontrar la zona del hundimiento, él tomaba como punto de referencia «como una estela mágica» formada con pompas de jabón que había aparecido en el mar.

Años después el comandante de ese Hércules, al recordar la tragedia, dijo que no las contó, pero bien podría ser que la estela estuviera formada por 323 burbujas, una por cada alma con las que el Crucero General Belgrano comparte su lecho en el fondo del mar.

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