viernes, 8 de mayo de 2020

El héroe español del Lusitania, que fue el último en abandonar el barco

+ infoGrabado de la catástrofe del Lusitania publicado en «The Sphere» el 15 de mayo de 1915Mónica Arrizabalaga




A 11 millas náuticas del Viejo Cabo de Kinsale, en el condado irlandés de Cork, yacen los restos del RMS Lusitania, un magnífico buque de 241 metros de eslora, el más rápido en cruzar el océano Atlántico en su época, que se fue a pique en apenas 18 minutos tras ser alcanzado por torpedos alemanes el 7 de mayo de 1915.

Antes de embarcar en Nueva York en el colosal transatlántico, Alfred G. Vanderbilt, hijo del famoso multimillonario, había recibido un telegrama que le advertía de un posible ataque alemán. Lo rompió y no dijo nada a nadie. No fue el único. La salida del Lusitania se retrasó dos horas y media a consecuencia de los numerosos avisos que llegaron en el último momento dirigidos a los pasajeros alertándoles de que el barco británico sería torpedeado por submarinos alemanes. Pero se pensó que el envío de aquellos despachos no era más que una campaña de terror alemana, así que después de que la compañía Cunard realizara una minuciosa inspección de los pasajeros, el barco partió rumbo a Liverpool. En él viajaban en total 1.959 personas.







+ infoEl naufragio del «Lusitania», con indicaciones del lugar que ocupaba el submarino alemán y los lugares del trasatlántico inglés alcanzados por los torpedos.

Aquel 7 de mayo, el Lusitania navegaba apaciblemente, con el mar en calma, suave temperatura y música a bordo. Se estaba acabando de servir la comida cuando, hacia las dos de la tarde, el navío se estremeció violentamente. Acababa de ser alcanzado por un torpedo alemán lanzado desde el submarino U-20 que comandaba el capitán Walther Schwieger.


Vicente Egaña Aguirre, un joven bilbaíno «simpático, de rostro apacible y con unos ojos claros, grandes, de muñeca», paseaba por el pasillo del comedor cuando sintió el impacto. Llevaba de la mano a Della, una niña inglesa con la que jugaba a ratos. Egaña no sabía inglés, pero la niña y su madre le habían cogido cariño y le enseñaban algunas palabras durante su viaje al Reino Unido. En aquel momento la música de la orquesta cesó, el barco se detuvo y comenzó a inclinarse irremediablemente a un lado. El capitán William Thomas Turner apareció en cubierta, dando órdenes de evacuar el barco.
Vicente Egaña

Así lo contó el propio Egaña con voz entrecortada al periodista Eduardo Haro a su llegada a Londres, apenas unos días después de la tragedia. En medio de la confusión, los gritos y la enormidad de la catástrofe, el joven bilbaíno se negó a ocupar uno de los botes, cediendo su sitio a una señora y se lanzó en busca de sus amigas inglesas. «Madre e hija, abrazadas, lloraban aterradas. A viva fuerza las fue empujando escalera arriba, hasta llegar a cubierta, y las metió en un bote que las poleas, con un chirrido angustioso, dejó sobre las olas», escribió después el redactor del diario «La mañana».


Un despacho de «Le Figaro» publicado por ABC describía cómo «se lanzó en busca de mujeres y niños; recorrió el buque de popa a proa muchas veces y sacando en brazos a los niños de los camarotes iba a depositarlos en las canoas; alentando a las mujeres, que corrían alocadas por el buque, e infundiéndoles valor, las llevaba del brazo hasta los botes y volvía a meterse por los pasillos, animando y tranquilizando a todo el mundo».

De su valor dieron cuenta un buen número de periódicos. «The New York Times», que reseñó el 10 de mayo de 1915 la heroicidad de « Vincente Egana», «... a young Spaniard who saved many women before he too went down with the ship and was in the water several hours before being rescued». Ese mismo día «The Daily News» describió que «había lágrimas en sus ojos y su única preocupación era salvar a cuantos podía, antes de pensar en su propia vida». Según este diario londinense, «él y el capitán Turner fueron los últimos vistos en el Lusitania».

Momentos antes de que se hundiera, el joven español se arrojó al mar y «nadó alrededor del barco con la esperanza de salvar más náufragos». Cuando intentaba alcanzar un bote, oyó cerca un grito: «¡Auxilio! ¡Soy Vanderbilt!» El joven millonario también había cedido su sitio en un bote a una mujer y se estaba ahogando. «Quiso el bilbaíno salvarle, ofrecerle una mano, pero fue inútil; el mar se apoderó en aquel momento de otra víctima», señaló el Haro en su crónica.+ info

Al poco él fue recogido por un bote y vio cómo una ola gigantesca se levantaba al hundirse por completo el trasatlántico, tragándose varias embarcaciones con personas que ya se creían salvadas. En total, 1.198 personas fallecieron en este naufragio que pudo haber influido en la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.

Al día siguiente del siniestro, mientras descansaba en su habitación de hotel, Egaña sintió que llamaban a la puerta. Era Della, la niña inglesa, y su madre, agradecidas por haberles salvado la vida.+ infoEl Lusitania, en el puerto de Nueva York

En Londres, durante su conversación con Eduardo Haro, el superviviente del Lusitania sonreía y trataba de quitar importancia a lo que había hecho. Se le concedió la cruz de Beneficiencia por su ejemplar conducta en la tragedia del Lusitania.

El 14 de noviembre de 1926, ABC informaba de su boda, por poder, en la Basílica de Begoña de Bilbao. Su rastro se pierde a partir de entonces. Una lápida en Idaho a nombre de «Vicente Egana» ha llevado a algunos a pensar que podría ser suya, pese a que las fechas no concuerdan.

Para el periodista Eduardo Haro, fue «un honor» estrechar la mano de este valiente español que pudo morir por salvar otras vidas, dio ejemplo de humanidad y «fue el último que abandonó el Lusitania».


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