sábado, 14 de mayo de 2016

Misiles y política simbólica


El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, durante la puesta en marcha de unas instalaciones en Develesu, Rumania.


Si Rusia se dio por amenazada este jueves (12.5.2016), tras la puesta en marcha de unas instalaciones en Rumania que forman parte del escudo antimisiles de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el inicio de la construcción de otras en Polonia sólo puede haber fortalecido esa sensación. Este viernes (13.5.2016), en un campo cercano a las ciudades de Słupsk y Redzikowo, el presidente polaco, Andrzej Duda, asistió a la ceremonia de colocación de la primera piedra de un sistema para derribar cohetes que comenzará a operar en 2018 bajo comando estadounidense.

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Con estas obras de infraestructura militar se busca consolidar el sistema de defensa Aegis, cuya función es proteger a los países europeos asociados a la OTAN de misiles provenientes del Cercano o Medio Oriente. Así lo aseguró este 12 de mayo el secretario general de esa alianza, Jens Stoltenberg, para disipar los temores de Moscú. En vano: “Este sistema está dirigido en un 100 por ciento contra nosotros”, señaló el almirante Vladimir Komoyedov, jefe del Comité de Defensa en la Duma, jurando a continuación que Rusia prepararía sus sistemas de alerta temprana y defensa en el Ártico.

El escudo antimisiles fue ideado en 2007 y ha estado parcialmente operativo desde hace varios años, gracias a un radar en Turquía, un centro de comando de misiles en Alemania y cuatro barcos estadounidenses con interceptores estacionados en el sur de España. Las riendas de Aegis pasarán a manos de la OTAN durante la próxima cumbre atlántica, que tendrá lugar en julio en Varsovia. El Kremlin describe el progreso de este proyecto como una amenaza para el equilibrio geopolítico y, muy concretamente, para la seguridad rusa, porque el sistema puede lanzar misiles de crucero.

Sin embargo, algunos expertos creen que se está sobreestimando la envergadura del escudo antimisiles. “El sistema tiene, ante todo, un peso simbólico”, dice Rainer Arnold, vocero del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en materia de defensa, secundando las opiniones de otros especialistas en asuntos militares como el politólogo rumano Radu Magdin. A sus ojos, la intempestiva reacción rusa tiene poco que ver con la potencia militar –aún no comprobada– del sistema antimisiles. “A Moscú lo que le molesta es constatar que perdió la lucha por el control geopolítico de Europa Oriental”, opina Magdin.

Wolfgang Richter, de la Fundación Ciencia y Política (SWP) de Berlín, recomienda “darle al proyecto un matiz de cooperación”, para que Rusia deje de verlo como una amenaza. Pero, si el valor de este sistema antimisiles es sobre todo simbólico, ¿por qué genera tantas expectativas positivas en el este de Europa? Para el Gobierno polaco, por ejemplo, el tema es de gran importancia para su política interior. Si la percepción de la seguridad en el país aumenta, algunos detalles del escudo tenderán a ser ignorados, como el estudio según el cual la construcción del sistema costará 3.000 millones de euros.

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